Érase una vez un hombre llamado Alfonso, quien le tenía envidia a una familia muy feliz que vivía en una gran casa en una finca: era la familia Gómez. Alfonso quería acabar con su felicidad. Por eso, una noche decidió comenzar a cavar al lado de su vivienda con el propósito de crear un túnel debajo para que esta se hundiera en el agujero.
Cavó con facilidad hasta llegar a una profundidad considerable, y ahí empezó a remover la tierra con sus manos debajo de la casa. Sin embargo, al poco tiempo notó que, en esa parte, la tierra se estaba poniendo más dura y le era más difícil excavar.
A medida que iba avanzando cada vez más lento, se iba quedando sin fuerzas. Se comenzó a debilitar y a agotar; iba perdiendo masa muscular con velocidad, ya que la arena se iba volviendo más espesa y más dura a medida que progresaba.
A pesar de eso, su sed de venganza no lo detenía. Cuando llegó al centro de la parte de abajo de la casa, sintió que lo que tocaba era tan duro que ya no era tierra. En eso, la capa de granos de arena marrón terminó de caer y vio que ahí detrás había una pared de calaveras.
En ese momento, el hombre no pudo más y cayó boca abajo en el suelo. Con sus últimas fuerzas se levantó e intentó volver, pero al darse la vuelta vio que toda la arena que había excavado se había reconstruido, tapando por completo el túnel.
Alfonso había quedado atrapado bajo tierra, justo debajo de la casa de la familia Gómez. Las calaveras pertenecían a todas las personas que, antes que él, habían intentado tumbarlos por odio y envidia.

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