Louis era un chico de 16 años que vivía con sus tíos y de sus primos en una gran casa de madera en un pueblo antiguo. Estos, lo trataban como su sirviente y su esclavo. Era el que limpiaba la casa y les traía todo lo que se les antojaba. La tía era la que cocinaba, pero a él le daba una miserablesa de comida y lo tenía muy delgado con prendas de vestir desgastadas. Por su parte, los miembros de la familia Johnson le gritaban, lo insultaban y lo humillaban.
Un día, Louis se cansó de vivir en esa situación y decidió escaparse de la casa. Se voló por la ventana del segundo piso y cayo de rodillas en la calle arenosa. Sin embargo, sus tíos que tenían el control de la vivienda y siempre estaban pendientes de todo lo que pasaba, se dieron cuenta.
Inmediatamente, le dijeron a la vecina de al lado por la ventana que daba a su casa, que les informara a todos los vecinos del pueblo que cerraran sus puertas y no lo dejaran entrar. El chisme se fue corriendo de casa en casa, ventana por ventana, por los patios, a través de sus teléfonos giratorios y todas las casas del pueblo de Brishman cerraron sus puertas.
Louis fue caminando por las calles pidiendo ayuda,
—¡Ayuda! ¡Ayuda! Me están maltratando.
Pero era como si nadie escuchara, se había convertido en un pueblo fantasma donde solo se escuchaba el sonido de las ráfagas del viento. Tocaba la puerta de muchas casas, pero en ninguna respondían.
Hasta que llego a una taberna, donde la puerta era transparente y decidió girar la perilla, pero estaba atascada. Adentro solo se veía un grupo de hombres hablando y riéndose con grandes vasos de cerveza en las manos. Louis toco y toco la puerta con ambas manos medio sudando con la cara arrugada, pero era como si no lo escucharan o lo estuvieran ignorando.
El joven decidió seguir su camino y más adelante se encontró con la tienda donde a veces lo habían mandado a comprar, pero esa vez tenía las puertas metálicas abajo. Agacho la cabeza con los ojos llorosos y siguió su camino.
Ya estaba llegando a la salida del pueblo que venía seguida de un gran desierto polvoriento y caliente. Ya Louis no sabía que hacer, lagrimas corrían por sus mejillas por el rechazo que estaba viviendo y por el hecho de pensar que tenía que volver a la casa de sus tíos donde iba a seguir sufriendo.
A pesar de eso, cuando llego a la salida del pueblo, vio que ahí había un viejo hombre de barba blanca y larga de pie. Se le acerco corriendo con ansias aun con lágrimas en sus ojos y le dijo, —Disculpe señor, no sé quién es usted, pero necesito alguien que me ayude, no sé si usted lo pueda hacer, es a la primera persona que hoy he visto en las calles del pueblo.
El enseguida se inclinó un poco hacia él y le dijo, —Todo el pueblo sabe cómo te tratan, pero tranquilo yo no soy como los demás, tienes un corazón tan noble que no mereces vivir de la forma tan cruel con la que te están haciendo vivir. Ven vamos, confía en mí, te llevare a un lugar mejor donde serás muy feliz, toma mi mano.
Louis veía que la túnica blanca con la que estaba vestida el señor brillaba y eso le transmitía paz y confianza. El joven tomo su mano y este se lo llevo caminando fuera del pueblo, a través del desierto y desaparecieron detrás de una nube de arena.
Con el pasar de los días, la temperatura de Brishman empezó a aumentar súbitamente, era como si estuvieran en el propio desierto y la atmósfera del lugar se tornó pesada. Ahi, los vecinos se dieron cuenta de que Louis ya no estaba, había logrado marcharse.
Se comenzaron a escuchar todo el tiempo discusiones en la casa de los Johnson, dia tras día, veían por sus ventanas que cada vez había menos gente, pero nunca vieron a nadie salir de la casa. Hasta que llego el punto en que los gritos cesaron y la vivienda quedo sola. Con el tiempo se fue deteriorando y a veces se escuchaban los mismos gritos en la madrugada.
En el interior de la taberna, solo se veía a los hombres que una vez reían con la cerveza en la mano, esta vez. golpeando la puerta de entrada que le habían bloqueado a Louis. Tenían la piel arrugada, la boca y los ojos que parecían que se les fueran salir, su cuerpo se veía petrificado, ya que todas las entradas del lugar parecían hacer sido soldadas en hierro, no abrían de ninguna forma, estaban encerrados.
La gente afuera solo los veía con los labios caídos y los ojos arrugados. Mientras que las persianas metálicas de la tienda nunca volvieron a su subir. No salía ni un silbido de ahí.
Nubes grises se apoderaron del cielo, todos los vecinos se encerraron en sus casas y se ocultaron temblando en un rincón, se dieron que no le pueden hacer daño a una persona inocente ya que en cualquier momento un rayo podía caer.

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